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lunes, 8 de junio de 2015

Despojos

Muñeca
Salió, sigilosa, a estirar las piernas, sin que él se percatara. Aún quedaban dos horas de partido y no la echaría en falta. La lluvia hizo que se sintiera más viva y útil que nunca. Después volvió a su rincón, un poco deshinchada y húmeda, como a él le gustaba.



Morbo
Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Cruzó, temerosa, el puente prohibido. Llegó, jubilosa, a la puerta de él. Llamó, pudorosa, con el alma en vilo. Cayó, fulminada, dejando en la entrada el sigilo, el temor, el júbilo y el pudor. Volvió, cabizbaja, a su hogar, con la ropa estirada y las piernas encogidas.


A la fuga
Salió, sigilosa, a estirar las piernas. Caminó hasta el amanecer estirando también el alma, sus fuerzas y su voluntad. Y decidió no volver a aquel lugar donde todo se le encogía.


Depredador
Salió, sigilosa, a estirar las piernas y acabó gritando en la cuneta con el corazón encogido.





Relatos presentados a la semana 31 de la VIII Edición de Relatos en Cadena.  (http://escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser/ )

¡Slurpp!

 Él
era un monstruo hueco. \\\ /// Lo supe en cuanto le vi.
 Le brotaban borbotones                ⃝ ♦     ⃝ ♦                    de florida palabrería

 dejando un rastro empalagoso       ҉        de resbaladizos sinsentidos.

      Alimentándose de ilusiones ajenas   ˅V˅V˅  camuflaba la resonancia de su vacío.

         Bebiendo halagos ponzoñosos              mantenía su tersura insustancial.
     Pero no era perfecto.             No… o sí:              sus ojitos eran tiernos.
    Y me miró.                   Y me atrapó.
Y me absorbió.








 Relato presentado a la tercera propuesta del 2015 a ENTC, tema monstruos, como homenaje al Centenario de la I Edición de La Metamorfosis (http://estanochetecuento.com/sluurpp/ )


lunes, 1 de junio de 2015

Despojos




Hipocresías
—La Inquisición no tardará en llegar, así que más vale que te deshagas del gato y de todas esas pócimas antes de huir. Y recuerda que jamás nos conocimos,  tengo una reputación que mantener, negaré cualquier relación contigo.
La bruja le miró socarronamente y, murmurando  extrañas palabras, trazó un gesto con las manos dirigido a su entrepierna. Él palideció y gimió asustado.
—Es mi regalo de despedida, monseñor. A partir de ahora nunca más romperá el voto de castidad.
 Y mientras salía por la ventana montada en su escoba, se preguntó si el niño que había arraigado en sus entrañas heredaría la necedad de su padre.

Houidinis medievales
—La Inquisición no tardará en llegar—me advirtió nervioso mientras, codo con codo, amontonábamos troncos en la pira— es mejor que te vayas atando al poste.
Tenía razón, llegaba la hora del espectáculo. Todas las semanas lo mismo, el truco de la evaporación para mantener las apariencias y calmar su sed de venganza contra los herejes. Pero, claro, nadie pensaba que un día habría un accidente y acabaría quemándome de verdad. La última vez se me había chamuscado hasta la trenza. Al menos nos pagaban bien. Subí con resignación y puse cara de mártir.




Relatos presentados a la semana 30 de la VIII Edición de Relatos en Cadena.  (http://escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser/ )

lunes, 18 de mayo de 2015

Despojos



Cambio radical
—Y las azules, las del abuelo, ganaron el primer premio— nos contó sin titubear.
Todos nos quedamos boquiabiertos. No podíamos imaginar a Crispín el Matalobos cultivando hortensias y  ganando concursos de flores.  Pero, por supuesto, no osamos contradecir a Paula. Siempre había tenido a su abuelo en un pedestal, como si no supiera que había sido el terror del pueblo, como si ignorara a qué se dedicaba en realidad, como si no se creyera la versión oficial de que había muerto en la serranía, a manos de los alguaciles.
Envidias
Y las azules, las del abuelo, llegaban más lejos que las demás. Porque, aunque nadie se tomara en serio sus teorías, alimentar a las ranas con gominolas las hacía más elásticas a la hora de saltar. Lo del color solo era un efecto secundario que desaparecía añadiendo unas gotas de limón al agua del estanque. También criábamos caracoles cojos y lagartijas de dos colas, para  pasar el verano entretenidos sin hacer daño a nadie. O eso creíamos nosotros, hasta que llegó la carta del SEPRONA con la denuncia por maltrato animal.


El color de la camisa
Y las azules, las del abuelo, las planchaba con especial esmero, porque no podía olvidar que fue el que intercedió por ella para conseguir aquel trabajo. Del mismo modo  siempre dejaba alguna arruga en las blancas, en las del padre, porque siempre tenía presente aquella mano pegajosa abriéndose camino bajo su falda por los rincones; a veces, hasta escupía con rabia en los puños en vez de almidonarlos.

Terapia familiar
—Y las azules, las del abuelo, para ti—sentenció mamá al terminar de repartir las sábanas a todos. Era otro de sus experimentos encaminados a reforzar los lazos entre nosotros.
Yo no dije nada, pero aquella noche no pude dormir. Olían a él; a tabaco, a desprecio por la bañera, a resentimiento oxidado, a tralla de cuero y rigidez, a vino de la taberna  y al perfume barato de la Picaflores.
Por la mañana no fui capaz ni de darle los buenos días, pero noté que él sonreía con lascivia: le habían tocado las sábanas rosas de Margarita.


 
Relatos presentados a la semana 29 de la VIII Edición de Relatos en Cadena.  (http://escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser/ )