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viernes, 1 de enero de 2021

El hueco monocolor

 

 

  Decías que cuando estaba traviesa me gustaba ver el mundo en dos colores. Y era cierto que, haciendo de abogada de Lucifer, te arrastraba del blanco al negro, y viceversa, saltándome  todos los grises. Ahora cactus después alga, comulguemos con manzanas y pequemos con el pan, miremos como un pájaro y como un reptil, seamos valle y también montaña.

  Me observabas divertido, a veces escandalizado, adaptando a mis atajos tu flexibilidad: me regalabas una sonrisa, o una lágrima, para hacerme sentir normal y distinta. Pero sobre todo viva.

  El mundo sin ti no tiene  blancos, ni grises. Carece de luz. Transito cobarde por las horas, rehén de lo más oscuro, sin batalla que me inspire, sin tu latido vital, huérfana mi mano en el camino. Anonadada ante el vacío y el silencio que se construyen al disolverse la magia. Cactus, pan, reptil y valle. Incapaz de conjurarte, con un grito mudo horadándome el pecho.

  Derrotada, muerta por dentro, pétrea por fuera. Me atraviesa tu imagen querida, tu rostro ausente, tu boca quieta, tus ojos helados. Sin una palabra más, desgarro mi ser al girar para alejarme hacia el destierro: ese lugar donde sobreviviré con tu recuerdo apuñalando eternamente mi alegría.

 

 Relato presentado a la primera convocatoria de Esta Noche te Cuento 2021, inspirada en la tristeza y la nostalgia (ENTC )

 

 

 

 

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

Catarsis

 


  Ella amaba el mar. No este, sino el de antes. El mar azul y limpio que olía a sal, el de espuma blanca y lleno de vida plateada. El que escocía en los ojos y restregaba el alma hasta pulirla.

  A veces lo pintaba para mí, mezclando índigos y esmeraldas con ojos soñadores. Cuando perdía vitalidad y empezaba a hacerse transparente, mi padre la llevaba a sus orillas para que se impregnara de energía.

  Ella me enseñó a amarlo. Por eso me apuñalan su hedor a cadáver, su gris desvaído, sus olas cobardes, esa costra impura que devora las playas y sedimenta en las rocas como un sarro nauseabundo.

  La cofradía alberga una incineradora  incansable, los pesqueros descargan basura en la antigua lonja  entre el silencio de las gaviotas. Desde el espigón, unos niños hambrientos lanzan sus anzuelos. Rescatan tesoros extraños que luego venderán. De vez en cuando sacan un mújol verdoso.  Expectantes, lo destripan para ver qué contiene y tiran al agua el pescado contaminado. El último había ingerido un smartphone de los años veinte lleno de valiosos elementos reciclables.

  Y al fin surgen: las deseadas lágrimas de nostalgia, las que saben a aquel mar. El que ella amaba.

 

Relato presentado a la séptima convocatoria de Esta Noche te Cuento 2020, inspirada en  los paisajes y escenarios (https://estanochetecuento.com/19-catarsis/)

viernes, 20 de noviembre de 2020

Amanece metrópolis

 

Pigmentos

   Parecía magia y los expertos, atónitos, no sabían si atribuirlo a tecnologías holográficas o a un efecto óptico. Y es que mis cuadros eran diferentes. Expuestos al sol, mis bosques y plantas crecían y florecían hasta parecer junglas y perderse más allá del marco.

  Por fin había conseguido la fama, tan deseada, y pude cambiar por un amplio y luminoso estudio el oscuro desván en el que había estado a punto de ahorcarme.  Cegado por el brillo del éxito, caí en la ambición.

  Comencé a experimentar mi técnica secreta, con la que lograba que en mis verdes persistieran las propiedades de la clorofila, con otros colores. Trabajé en un amarillo que, utilizado en soles y lumbres, calentaba cualquier estancia. Conseguí un azul imposible que se evaporaba a la luz: de mis mares surgían nubes de convección, mis cielos se volvían grises y descargaban lluvia sobre los paisajes.

   Pero con el rojo todo se complicó. Los atardeceres acababan fundiendo la imagen en negro, las fresas se pudrían, fluía la sangre dando vida a los personajes. Se escuchaban  latidos de corazón. 

  La gente empezó a rechazar mis obras alegando todo tipo de razones: miedo, asco, fraude.  Mis lienzos se quedaban desiertos, con escenarios vacíos, o inundados, o invadidos por la vegetación. Personas y animales escapaban de ellos y se escondían entre los muebles asustando a los compradores, propiciando pequeños desastres, anidando en las alfombras como una plaga imposible de combatir. Los marchantes me evitaban. Mi fama cambió de signo. Dejé de pintar.

  Arruinado, me arrasó la desesperación más negra. La fui acumulando en cubos. Y, una noche sin luna, decidí vengarme del mundo cubriendo con ella toda la ciudad para robarle el amanecer.


 

 

Relato reciclado y retocado  http://amanecemetropolis.net/?p=44268 

sábado, 26 de septiembre de 2020

Fotopigmentos

    Parecía magia y los expertos, atónitos, no sabían si atribuirlo a tecnologías holográficas o a un efecto óptico. Y es que mis cuadros eran diferentes. Expuestos al sol, mis bosques y plantas crecían y florecían hasta parecer junglas y perderse más allá del marco.

  Por fin había conseguido la fama, tan deseada, y pude cambiar por un amplio y luminoso estudio el oscuro desván en el que había estado a punto de ahorcarme.  Cegado por el brillo del éxito, caí en la ambición.

  Comencé a experimentar mi técnica secreta, con la que lograba que en mis verdes persistieran las propiedades de la clorofila, con otros colores. Trabajé en un amarillo que, utilizado en soles y lumbres, calentaba cualquier estancia. Conseguí un azul imposible que se evaporaba a la luz: de mis mares surgían nubes de convección, mis cielos se volvían grises y descargaban lluvia sobre los paisajes.

   Pero con el rojo todo se complicó. Los atardeceres acababan fundiendo la imagen en negro, las fresas se pudrían, fluía la sangre dando vida a los personajes. Se escuchaban  latidos de corazón.

   Durante el solsticio de verano, animales y humanos  escaparon de los lienzos y empezaron a crearme serios problemas con los marchantes.

 


 Relato presentado a la sexta convocatoria de Esta Noche te Cuento 2020, inspirada en  la luz (https://estanochetecuento.com/08-fotopigmentos/)

viernes, 11 de septiembre de 2020

Flotabilidad

 

 

   No, no te lo dije. Pero claro que me di cuenta. Era la evolución normal, nadie hubiera resistido lo contrario. Imagínate un sol despiadado que acabara quemándolo todo, agostando la frescura, convirtiendo en desierto árido cualquier vergel, en espina cualquier hoja.

   No te lo dije, pero vi y sentí espongificarse la intensidad. Se fue llenando de huecos, redondos y pequeños como burbujas. No era malo. Como no lo es que las nubes tamicen la luz del sol para hacerla soportable, para poder disfrutar de su calor sin morir achicharrado. Piensa en una piedra pómez que frotas para suavizar y eliminar la piel muerta . Agradable, deseable, llevadera.

   ¿Debía decírtelo? ¿Acaso  no eras consciente del recorte de minutos, del declive de besos, de la escasez de abrazos?  Tú también fuiste cediendo a la comodidad, a la tentación de regresar al espacio propio. Lo importante era  conservar la estructura, aunque se hiciera ligera como un corcho que sirve de salvavidas. Pero no supimos detectar ese equilibrio ideal.

   Sucedió que no vimos entrar a la carcoma de la rutina, que la liviandad se transformó en podredumbre y los espacios se hicieron universos. Que el maldito corcho se desmigajó sin percatarnos, que nuestro mundo común se había apolillado hasta el punto de no resistir ni un soplo de adversidad.

   Entonces sí te lo dije, sí nos lo dijimos. Alto y fuerte. Demasiado.  Sacudiéndonos la culpa para mojar al otro, como perros al salir de un baño de realidad. Incapaces ya de buscar un rayo de luz y calor que nos secara, que restaurase mínimamente  la sombra de lo que habíamos tenido. Agotados de no haber luchado. Incapaces de mirarnos. Con los ojos ateridos, buscando la salida en horizontes desconocidos. Con los sentidos sedientos de una nueva intensidad en la que derretirnos otra vez. Con la nostalgia y la certeza de que  no la volveríamos a encontrar en ese nosotros hundido que ya no existía.

 

 

 

https://amanecemetropolis.net/?p=43070 

domingo, 2 de agosto de 2020

Melocentrismo

   Madre tenía el don familiar, pero tampoco le garantizó la felicidad.

   A mí me surgió un atardecer, hablando con Marta: vi emanar de su cabeza todo lo que pensaba. Las frases  se formaban en el aire y las letras terminaban desmoronándose como arañitas negras. Así descubrí que se había acostado con mi novio. Desde entonces pude leer los secretos e intenciones de cualquier persona.

   Hasta que conocí a Mateo. Él no tenía voces en la cabeza. Sus pensamientos eran imágenes con banda sonora y  alfombraban su alrededor con fusas y semicorcheas que se adherían a su ropa como caracolillos exangües. Me subyugó.

   Necesité aprender solfeo para descifrarle. Me enamoré de sus incógnitas y su capacidad de confundirme. Sus estados de ánimo no siempre armonizaban con las melodías de su mente. Nunca sabía si el estribillo absurdo que le brotaba generaba la expresión tierna de sus ojos, o si el vals alegre que resonaba en su cerebro estaba relacionado con su ceño fruncido. Expuesta al engaño, pero encantada, me dejé embelesar.

   Cuando comprendí que su música interior era  una terrible trampa, fue demasiado tarde: ya estaba enredada en un pentagrama sin clave de sol del que solo colgaba su enorme MI.



Relato presentado a la quinta convocatoria de Esta Noche te Cuento 2020, inspirada en  la música (https://estanochetecuento.com/03-melocentrismo/ )

viernes, 10 de julio de 2020

Amanece metrópolis

La redacción


«El macabro espectáculo de los muñones en sus patas rosadas es tan habitual que merma la sensibilidad de la gente y anula su compasión. Es el reflejo de la enfermedad del hábitat, de la crueldad del cemento y el ladrillo,  de la pérdida de perspectiva. Es el precio por compartir espacios  con seres que ni aceptan ni compiten, simplemente masacran…»
  
  La pasta color frambuesa del cuaderno de gusanillo que se cerró de golpe quebró la sobriedad del escritorio. Mamá prorrumpió en lamentos y disculpas, jurando a la directora que en casa no me inculcaban tales ideas, que sabía que no era sana mi obsesión por leer tanto en vez de jugar, que me llevaría a un psicólogo.

   Las voces se convirtieron en un ruido informe.

  El despacho se había vuelto tan oscuro que busqué algo de luz en el ventanal. Una paloma se posó en el alféizar y comenzó a zurear. Quise imaginar que había venido a apoyarme y agradecer mi alegato sobre su especie. Me acerqué al cristal y, olvidando dónde estaba, así la manilla para abrir. Me senté a su lado y apenas se inmutó, pero después de unos segundos aleteó y bajó planeando al patio. Me fascinó su elegancia y fluidez. Oí los gritos, lejanos, ajenos. No niego que quisiera huir de allí.
  Tampoco que quizá se me estaba pasando por la cabeza echar también a volar.


https://amanecemetropolis.net/?p=42333