La penumbra polvorienta del desván conservaba el pasado aterciopelado, sin aristas, como si nada de lo que allí se almacenaba fuera peligroso. Buscaba el «berbiquí» de la abuela, como llamaba su antepasada a la barrenilla con la que agujereaba cosas para después unirlas con bramante, horadaba paredes para incrustar ganchos o perforaba maderitas para crear juguetes. Trasteó en las cajas de herramientas, pero recordó que ella siempre protestaba porque nunca estaba allí. Abrió entonces el baúl de la ropa y buceó entre las prendas hasta encontrar su eterno mandil. Lo extrajo con devoción, percibiendo su dolorosa ausencia adherida al tejido. En el bolsillo derecho palpó el pequeño utensilio. En el izquierdo, crujía un papel casi desintegrado que sacó cuidadosamente y acercó al ventanuco.
Era una carta en francés, con una caligrafía exquisita, que excluía al abuelo como autor. Un texto apasionado lleno de recovecos que hablaba de amor infinito, de tactos, aromas, suspiros y carne, de orificios, de nostalgia, distancia, locura, sinsentidos, de corazones rotos.
El vértigo del vacío que siempre provoca el derrumbe de un cimiento aceleró sus latidos. Arrugó la cuartilla y, ocultándola en su mano, voló hacia la escalera azuzada por la risita pícara de su abuela.
Relato presentado a la séptima convocatoria de Esta Noche te Cuento 2025, inspirado en la SERENDIPIA (https://estanochetecuento.com/69-huecos/ )

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