El tartamudeo al pronunciar mi antiguo
nombre, el
temblor de manos al poner el
parche en el ojo azul de Blanca, la voz quebrada al contestar al teléfono.
Después vinieron los cinco minutos menos de gimnasia matinal, la leche sin
miel, los lunes sin verduras en la cena. Su corbata torcida, nuestra ropa sin
planchar. Nos asustamos con el trocito de su bigote perfecto en el lavabo, los chorreones
de gomina y aquel reguero de lágrimas y pedazos del traje de los domingos
que seguimos por el pasillo hasta la alcoba. Atravesado
sobre la cama de matrimonio, despeinado y sin vestir para ir a misa, papá
gimoteaba bajito. Al vernos, abrió los brazos. Tardamos en comprender, por
falta de costumbre, lo que quería. Nos
acercamos desconfiados, Blanca con su heterocromía al desnudo, yo con los
labios pintados y las manoletinas rosas. Fue el primer abrazo suyo que recuerdo,
la primera vez que me llamó Luisa y miró de frente a mi hermana. El primer perdón
que le escuché.
En un arrebato de coraje le confesamos que
nosotros también añorábamos la alegría, los disparates y las galletas que mamá nos
daba a escondidas. Que, por favor, la llamase para que volviera.
Relato
presentado a la segunda convocatoria de Esta Noche te Cuento 2026,
inspirado en el DESORDEN (https://estanochetecuento.com/68-grietas/ )